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Urbanismos en beta

Glosario borroso sobre ciudad

En julio de 2015 el colectivo Carpe Vía me invitó a participar en las jornadas Ciudad Sensible: Infraestructuras para la Participación, que se organizaron dentro del marco de #SembraOrriols, proceso de transformación vecinal del descampado de la ermita de San Jerónimo en Orriols, Valencia.

Ayer supe que la publicación que da cuenta de la biografía del proyecto ha salido por fin a la calle. El libro está disponible para su descarga en la librería de la UPV mientras que el texto que escribí para la ocasión está disponible aquí.

Ciudad, diseño, bienestar

La ciudad se hace y se deshace todos los días. Y sin embargo son las grandes obras, y cierta concepción heroica y grandilocuente de la arquitectura y el urbanismo, los que definen y constriñen los ‘modelos de ciudad’ y ‘diseño urbano’ que gobiernan y conducen nuestros hábitos de vida.

 

¿Qué significa abordar la ciudad como un objeto de diseño? ¿Qué clase de objeto de diseño es el “espacio público” si lo sustraemos de los paradigmas de la arquitectura y el territorio que han informado históricamente en nuestro país las políticas urbanas?

 

¿Ha llegado la hora de repensar los concursos de arquitectura como “concursos de bienestar urbano”?

 

Hace unos días mantuvimos una interesante conversación en Facebook con Uriel Fogué y Nerea Calvillo sobre qué significa pensar e intervenir en el “espacio público” hoy en día.

 

La conversación mantiene la espontaneidad y el desenfado propio de los hilos de Facebook, pero por el interés de la misma – los temas que toca, las problemáticas que aventura, las dificultades que presagia – nos ha parecido oportuno reproducirla aquí. Hemos editado algunos fragmentos para facilitar su lectura. **

 

Alberto Corsín Jiménez (ACJ): Quizás haya llegado la hora de transformar los «concursos de arquitectura» en «concursos de bienestar urbano» donde la arquitectura es una herramienta mas.

 

Uriel Fogué (UF): Habría que hacer primero un concurso para definir “bienestar urbano”.

 

ACJ: Hay mucha literatura sobre “bienestar” en filosofía moral, economía, ética política, antropología, psicología… Aunque es cierto que su uso en estudios urbanos es muy parco, casi siempre enterrándolo o dándolo por sentado al hablar de “calidad de vida” o “ecología urbana”.

 

UF: Ya puestos… también habría que definir “herramienta”… puede que un vocabulario utilitario empobrezca el potencial de la arquitectura para tomar parte en el “bienestar urbano”…

 

ACJ: Cierto, al escribirlo dudé entre “herramienta” y “sensibilidad”…

 

UF: Quizás podríamos repensar el rol del arquitecto en este nuevo contexto como el de un “facilitador”.

 

Nerea Calvillo (NC): O “posibilitador”…

 

ACJ: ¿Qué tal “acompañantes”? Unos y otros (ciudadanos, arquitectos, economistas, medioambientalistas) acompañan el proceso, aprenden de sus intercambios, y hacen que esos aprendizajes lo guíen.

 

NC: El acompañamiento requiere una escucha que me temo que la arquitectura no tiene (como objeto; como práctica en un proceso concreto, claro). Pero hay algo, entre temporalidad y agencia, que no me cuadra de momento, pero voy a pensarlo.

 

UF: Estoy de acuerdo. Falta una pieza en el puzle.

 

ACJ: Replanteemos el asunto. Por ejemplo, ¿qué implicaría asumir un proyecto como el de Plaza de España, no como arquitectura, ni como urbanismo, sino como “bienestar”?

 

Ciertamente un cambio en las condiciones y términos de la convocatoria y el concurso: de sus plazos, sus requisitos, sus pliegos, etc.

 

Pero en un sentido más amplio requeriría también repensar la “ecología de practicas” de la intervención. Ya no tendría sentido hablar de “participación ciudadana” pues el bienestar nos atañe a todos, todos somos expertos en (nuestro) bienestar, en la medida en que, como dice Antonio Lafuente, todos somos “expertos en experiencia”.

 

Tampoco tendría sentido exigir que el proyecto fuera firmado por un arquitecto o ingeniero; sus firmas darían fe, sin duda, de una sensibilidad incorporada al mismo, de un sentido de la complejidad. Pero otro tanto harían las “firmas” de sociólogos, arqueólogos, economistas, asociaciones y colectivos ciudadanos varios, medioambientalistas, y por supuesto las contribuciones de las personas de a pie.

 

La complejidad del objeto “plaza” se multiplicaría y enriquecería, se sustraería a las formas espaciales y territoriales que tanto han dominado el urbanismo, y adquiriría nuevas dimensiones y cualidades. Todos “posibilitarían” el proyecto, claro, y lo “facilitarían” desde sus respectivas experiencias y saberes. Pero antes, creo yo, hay que estar dispuesto a abrirse a la conceptualización de ese nuevo objeto urbano, de ese “algo” que ya no es una plaza, cuya complejidad nos solicita, por encima de todo, una capacidad re-descriptiva nueva, así como la voluntad de acompañar el proceso.

 

UF: Muy interesante propuesta… me hace cuestionarme algunas cosas que expongo a continuación:

 

  1. Alineamiento de posiciones diversas. Deduzco de tus palabras (corrígeme si me equivoco) que presupones que el diseño tiene la capacidad de alinear las voluntades diversas que toman parte en la definición del espacio público. En mi opinión, las capacidades del diseño son algo más limitadas. No es que no se pueda alcanzar dicho alineamiento en casos concretos. Pero no me atrevería a hacer una afirmación “trascendente” y “apologista” de las “capacidades del diseño” en esa dirección, en un sentido universal. ¿No se está presuponiendo que el diseño es un “acelerador” de urbanidad a través del cual se alcanza una suerte de “pax romana”; una especie de dispositivo de “civismo”; de “consensuador” de voluntades? En un texto reciente escrito en colaboración con Fernando Domínguez Rubio, ‘Unfolding the political capacities of design’, abordamos algunas de estas cuestiones.

 

  1. Performatividad del proceso. De la misma manera, deduzco de tu planteamiento que uno/a ya sabe lo que le conviene, lo que le produce “bienestar”; lo que le es conveniente. Y que es el proyecto (cualesquiera sean las metodologías proyectuales desde las que es desarrollado, de “autor y firma” o de “diseño colaborativo multidisciplinar”) el que, de alguna manera, las “pasará a limpio”, sincronizando las diferentes posiciones, con el objetivo de alcanzar aquello que era previamente deseado. Es como si el proyecto resultante cristalizase en una suerte de “espejo de aumento” de las voluntades. Me parece que ni el “bienestar”, ni ese “nosotros” (sea lo que fuere que esto signifique) pueden ser considerados como algo fijo o estático. Todo proceso creativo que involucra diseño e innovación, así como negociación, conlleva un cierto desplazamiento de las posiciones de partida.

 

Dicho de otra manera, las nociones y las experiencias del “bienestar” emergerán durante el propio proceso de diseño. Es más, incluso llegarán a diseñar a las partes involucradas, alterando y renovando sus respectivas nociones y estándares de “bienestar”. En este sentido, no estoy seguro de que todos seamos “expertos en nuestro bienestar”, porque éste no está cerrado… O al menos, si lo fuéramos, sería siempre de manera provisional y contingente…

 

  1. Disidencia. ¿Qué pasa con los que no quieren ser “acompañados”?

 

  1. Potencia. Intuyo, no sé si estás de acuerdo, que uno/a desea dentro de un régimen de lo sensible concreto. Uno/a imagina lo que puede (no lo que quiere), dentro de las condiciones de posibilidad de su campo experiencial. Eso me lleva a cuestionar si de veras yo soy un verdadero “experto” de “mi propio bienestar”, como apuntas. Y también a dudar de si quiero serlo. Porque ello eliminaría una cierta dosis de misterio. De la misma manera que no me gusta saber el final de un libro, para descubrirlo durante la propia experiencia de la lectura, me gusta pensar que el “palimpsesto” de la ciudad (por seguir con el mismo ejemplo) tiene muchas capas inimaginables por explorar, por descubrir durante la experiencia urbana. ¿Podría la ciudad actuar como un “facilitador” para explorar otras nociones de “bienestar”, aquéllas, precisamente, en las que no soy experto? Me parece muy importante que el espacio no pierda una potencia de este tipo. Un proceso como el que dices, por supuesto, se abre a otras potencias. Pero (es una intuición) corre el riesgo de sobredeterminar los resultados y de “castrar” esas otras potencias, esas otras dimensiones inesperadas, si sólo se enfoca en satisfacer el “bienestar” del que yo ya era experto. De nuevo hay una cierta linealidad en el planteamiento que agosta el misterio, desde una idea algo encapsulada de “sujeto”. Como ciudadano, en determinados casos, no veo problemático delegar en algunos actores el diseño de la ciudad, de la misma manera que delego en los escritores o en los directores de cine, el desarrollo de una novela o de una película. Es otra manera de estar abierto a “lo otro”…

 

  1. Los “poetas en la ciudad”. Propones ampliar la firma de “los arquitectos e ingenieros” con la “de sociólogos, arqueólogos, economistas, asociaciones y colectivos ciudadanos varios, medioambientalistas, etc”. OK. Pero no olvidemos incluir también la de los “poetas” (los artistas, la cultura, etc.). Platón expulsó a los poetas de la polis porque eran molestos y “alocados” y porque carecían del conocimiento tecnológico preciso para “solucionar” los “problemas” que permiten “gobernar” la ciudad “eficazmente”. En definitiva, apostaba por un gobierno tecnocrático de la polis. No podemos olvidarnos de invitar al “coro de voces” que has planteado a los poetas; volverles a abrir las puertas de la ciudad. Es un matiz que, desde mi punto de vista, es enormemente relevante, en términos de la topología política que se va a movilizar en el proceso de diseño de estos marcos de cohabitación. Porque, de una parte, interrumpe el marco de la “necesidad” y la “urgencia” en la toma de decisiones, reinscribiendo el diseño urbano en otros marcos que pasen a tener en cuenta modos diversos de acelerar el deseo, la experimentación con el lenguaje, el ensayo con el espacio y el tiempo, la gratuidad de las acciones, la utilidad de lo inutil, el hedonismo, etc.; en definitiva, otros modos de intervenir en el “reparto de lo sensible” (como diría Rancière). Y, de otra parte, porque cuida de la potencia, en los términos que planteaba en el punto anterior.

 

  1. “Bienestar” intergeneracional. Entiendo que tu propuesta persigue “ampliar” el campo de intervención en el espacio público restituyendo el papel de acción de otros agentes, dándoles voz e invitándoles a tomar parte en esta suerte de “coro”. Es muy importante no perder de vista que los “vecinos” de las plazas no sólo son los vecinos “cercanos”. También lo son “los de fuera”. Y tampoco son sólo los presentes. También lo son los futuros (y pasados) vecinos. Este tema (el gradiente de interescalaridad de los marcos de afectación, tanto en términos temporales, como espaciales) recupera una vieja controversia ecológica: cómo representar una “asamblea infinita” de seres por venir, desde la “asamblea finita” de actores en le presente. La ampliación que planteas sin duda es enormemente rica. Pero, en términos ecológicos, no deja de ser una “delegación” de expertos de diferentes disciplinas, no-expertos, ciudadanos, etc., que se otorgan la responsabilidad y el derecho de representar en el proceso a unos otros, presuponiendo las necesidades de los que (todavía / ya no) tienen voz. Es decir, en términos ecológicos, el proceso de diseño no deja de ser una acción representativa o, como he defendido en algún artículo: de “ventriloquia” (Lampreave, 2011).

 

  1. La firma con-firma. Tal y como está planteado el marco legislativo, hoy por hoy, los técnicos (no sólo arquitectos e ingenieros) con su firma no sólo validan una “autoría” en términos de propiedad intelectual. Sino que asumen una responsabilidad legal, que no es otra cosa que un compromiso hacia el trabajo que, además, es trazable. Por decirlo rápido: quién paga la cuenta cuando las cosas no salen bien o cuando hay contingencias. Un modelo como el que planteas conllevaría necesariamente una revisión de la redistribución de las responsabilidades y una redefinición de los derechos y los deberes, enormemente compleja y muy interesante. Lo cual es, en sí, otro proyecto a desarrollar, antes de poner en marcha el proyecto de “bienestar”. Salvando las distancias y trayendo a tierra la noción de Derrida: “la firma con-firma”.

 

  1. Presupuesto. Por último, el modelo que planteas también precisaría de una revisión de los presupuestos de las obras (seguramente al alza), en términos de honorarios e implementación del proceso de mediación. Sólo si todas las partes trabajan desde una igualdad o justicia en las condiciones económicas se lograría una auténtica horizontalidad en las competencias. (A menudo estudios de ingeniería y de arquitectura que involucran, por ejemplo, a sociólogos en los procesos de diseño, costean los procesos de su bolsillo…).

 

ACJ: Gracias, Uriel, no puedo sino coincidir en casi todo lo que planteas.

 

En realidad la mía no eran tanto una “propuesta” en firme (de ampliar el concurso a otra modalidad de participación o firma) sino un ensayo de problematización de eso que damos en llamar el “espacio público” como objeto de diseño.

 

Sobre algunas de las cuestiones puntuales que planteas:

 

  1. Estoy de acuerdo: abordar los procesos de diseño como espacios de consenso y acuerdo es una feliz ingenuidad cuando no, directamente, un error.

 

Me interesa, más bien, la complejidad de ese objeto que hasta ahora llamábamos “plaza” pero que en su apertura a una ecología de prácticas más amplia y rica – una que permita ensayar el “bienestar urbano” como fórmula, más que la arquitectura o el territorio – solicita nuevos géneros descriptivos y conceptuales.

 

Nosotros, desde Urbanismos en beta, hemos dado en llamar esas figuras complejas de ciudad, ‘ecologías en beta’: sistemas e infraestructuras de posibilidades descriptivas abiertas – donde la “descripción” alude a todo tipo de formatos, géneros y estilos inscriptivos.

 

  1. En este sentido, el desafío, tal y como yo lo entiendo, es qué significa “abierto” en un contexto de ciudad: ¿qué clase de sistema técnico, experimental, estético, experiencial es una ciudad abierta? Y me pregunto si podríamos plantearnos la ciudad como una suerte de “borrador”, en cuyo caso habríamos de preguntarnos sobre cómo abordar ese escenario de trabajo que los borradores ofrecen de mantener abiertas distintas versiones de un proyecto, de mantener todas sus “composibilidades” – las posibilidades conjuntas de sus múltiples composiciones – vivas. (A propósito de los “borradores” como género epistémico ver por ejemplo, ‘Auto-borradores’.)

 

Esto, que quizás parezca algo obtuso y vago, es sin embargo una realidad en los grandes proyectos experimentales en física de partículas, donde se han diseñado sistemas experimentales – con estándares y protocoles técnicos, atribución de autoría, créditos, circulación de conocimiento, publicaciones, aprendizaje, etc. – en los que participan hasta 3000 científicos de todo el mundo. Peter Galison ha escrito ampliamente sobre ello, por ejemplo en ‘The Collective Author’.

 

UF: Bueno, yo lo había interpretado más desde la problemática del “bienestar”. La “ecología en beta” y la idea de “infraestructura abierta” que planteáis es uno de los desafíos más potentes tanto para el diseño, como para las formas de habitar y participar en/del espacio público, entendido como una “máquina especulativa” para construir lo urbano. Otra polémica que quedaría pendiente para el siguiente hilo de debate, sería el propio concepto de “abierto” (¿para quiénes?); el tipo de usuarios que presupone esta “apertura” (activos, con un tipo de destrezas técnicas determinadas); o si las actualizaciones de ese “borrador” son las que literalmente se materializan como tales… o si hay otros modos de tomar parte en los espacios púbicos de la ciudad “en borrador”…

 

NC: Tenía mis puntos pero intento sumarme a la conversación:

 

  1. Bienestar. No conozco las referencias que mandas, Alberto, pero tengo dos preguntas (y problemas) con el término bienestar. Primero, me pregunto, igual que Uriel, ¿el bienestar de quién? Quien es ese “nosotros”? Los de aquí, los de más allá, los que hacen X o Y o quieren hacerlo….¿Pero qué pasa con las plantas, el aire, las hormigas, por ejemplo? Además, creo que nuestros bienestares, precisamente por la diversidad, están necesariamente y permanentemente enfrentados. Por ejemplo, para tener en cuenta el bienestar del clima tenemos que “sacrificar” nuestro bienestar de humanos (o cambiar nuestras nociones de bienestar, claro), etc. Y el segundo tema/pregunta, es el de la representación (que toca también el punto 6 de Uriel): ¿cómo participan/se incluyen/se escucha/hacen lxs que no pueden (o no quieren, como también plantea Uriel) estar o formar parte del proceso? Lxs que no pueden hablar, lxs que no pueden asistir a los procesos, lxs que no entienden el idioma, lxs que no están socialmente consideradxs como voces legítimas, etc….

 

  1. Dudo igual que Uriel que “seamos expertos en nuestro bienestar”. Primero, porque hay unas tensiones muy difíciles de resolver entre nuestros deseos, lo que nos viene bien como individuos, como colectivo, etc. Y segundo, porque hay otra tensión entre el qué y cómo de nuestro bienestar. Así, podemos saber lo que queremos/necesitamos, pero no necesariamente sabemos cómo hacerlo. Y aquí creo que está la clave de una de nuestras capacidades como arquitectxs, que podemos no sólo “traducir” (teniendo en cuenta que, como dice Uriel, “Uno/a imagina lo que puede (no lo que quiere), dentro de las condiciones de posibilidad de su campo experiencial”), sino también hacer propuestas que puedan exceder los referentes o imaginarios (locales o situados) existentes, y así, adquirir potencia.

 

  1. Sobre los poetas de la ciudad: https://www.theguardian.com/cities/2016/oct/06/cities-poetry-urban-language-national-poetry-day Como he dicho antes, yo incluiría el clima, los no-humanos y más-que-humanos….

 

  1. Alberto me ha sorprendido la relevancia de la firma en tu propuesta. Primero, porque los proyectos de urbanismo por ejemplo ya están firmados por muchas personas, porque no solo están compuestos por el proyecto de ejecución, sino en gran parte otros muchos estudios realizados por sociólogos, ambientalistas, etc. (todxs “expertxs”, eso sí). Porque a mi entender, la firma de un proyecto no es más que la asunción de unas responsabilidades que tienen, como Uriel menciona en este punto y el 8, efectos legales y presupuestarios. ¿Es para ti importante como responsabilidad o como capital simbólico de “autoría”? O de hecho, repartir las responsabilidades? Sería muy interesante pensar en este último punto: ¿cuál sería la responsabilidad de lxs sociologxs, por ejemplo? ¿Que “lo social” funcione?

 

  1. Sustracción. Me pregunto, Alberto, cómo puede un proyecto urbano “sustraerse de cualidades espaciales y territoriales”. De hecho, ¿no vienen dadas en cuanto a ensamblajes sociotecnicos? Entiendo que tu propuesta (que comparto) es ampliarlas, pero creo que hay que tener cuidado para no volver a una esencialización de lo urbano.

 

  1. En este intento de ampliación de los agentes, me pregunto en términos muy prácticos qué significa “acompañar el proceso”. De nuevo, ¿cómo, quién, dónde, cuántas veces, durante cuánto tiempo….son factores cruciales que, unidos a los puntos 2 y 4, hacen que los modelos que tenemos de participación no sean los más adecuados….Cuanto más grande el “colectivo”, más difícil de imaginar.

 

Sobre la apertura de la ciudad, sus infraestructuras o el espacio público, me pregunto qué se abre exactamente: su conceptualización, el proceso de diseño, su habitar; o sus documentos (como habéis trabajado vosotros); o sus imaginarios; o sus capacidades…….El concepto de “borrador” es muy interesante porque obliga a repensar la temporalidad de… todo. Sin embargo, que algo esté en borrador no significa necesariamente que esté en permanente revisión o transformación. Y hay para mi algo fundamental en el proceso de “pasar a limpio”, y es que obliga a aclarar posiciones y formalizar compromisos. Y esto no significa que no puedan ser revisados….

 

UF: 5. Una nota rápida para aclarar y ampliar este punto: El retorno de los poetas a la ciudad no (sólo) apela al reconocimiento de lxs poetas “humanos”. Sino también a convocar al “encuentro” a otro tipo de no-humanos, como las ficciones, los imaginarios, los fantasmas, los espectros, los fetiches, el deseo… (muchos de los cuales comparecen “invitados” por los “poetas”) y tantos otros “cuerpos” (?) que “hacen y padecen” cosas y que tienden a permanecer excluidos cuando se habla de no-humanos… en mi opinión es importante para prevenir aproximaciones “naturalistas”…

 

ACJ: De alguna manera vuestras reflexiones y dudas responden a la provocación de partida: ¿si acaso no será momento de replantearnos la metodología – sistemas de concursos, el papel de los expertos y los profesionales certificadores, los planes de “participación”, etc. – con los que abordamos el diseño de nuestras ciudades.

 

Hablar de “bienestar” es sin duda problemático y no exento de limitaciones. Pero por otro lado permite abrir el sistema de complejidad con el que venimos pensando, haciendo y deseando nuestras ciudades.

 

Por ejemplo, sobre “bienestar” (well-being, quality of life, human capacities) llevan trabajando desde hace décadas economistas, sociólogos, psicólogos o medioambientalistas, en un debate amplio y matizado que incorpora varias de las dificultades que anticipáis. No se entiende que esa conversación apenas solape con el urbanismo contemporáneo.

 

El término “ecología”, por otro lado, permite otro tipo de desplazamiento y apertura, no sólo hacia el medioambiente y la sostenibilidad (que también) sino hacia la antropología, la historia de la ciencia o los estudios sociales de ciencia y tecnología, dónde el descubrimiento de las “ecologías de prácticas” y las “ecologías epistémicas” nos ha abierto los ojos a otras sensibilidades y agencias. Tampoco se entiende que estas perspectivas no jueguen papel alguno en el diseño de políticas urbanas.

 

Y por supuesto, claro, también la poesía, la creación, que es expresión consuetudinaria de la ciudad misma, de la forma urbana.

 

Muchísimas gracias a los dos por prestaros a participar en esta conversación fulgurante pero llena de sabiduría 🙂

 

 

** Nerea Calvillo. Arquitecta, investigadora y comisaria, es Assistant Professor en el Centre for Interdisciplinary Methodologies (University of Warwick), directora de C+ arquitectos y fundadora del proyecto colaborativo In the Air.. Nerea Calvillo forma parte del Consejo Asesor de Urbanismos en Beta.

 

Uriel Fogué. Doctor arquitecto, es Profesor en la Universidad Europea de Madrid. Codirige la oficina de arquitectura elii y el Gabinete de Crisis de Ficciones Políticas. Uriel Fogué forma parte del Consejo Asesor de Urbanismos en Beta.